Un martes de Laura, estilista, sola en su salón
Laura · Laura, 42, estilista en Mataró. Personaje compuesto.
Personaje compuesto a partir de negocios reales que usan trimly; no es un cliente concreto. · 5 min de lectura
Laura dejó un salón grande hace cuatro años y montó uno con un sillón y un lavacabezas. La carta es de color: raíz, mechas, balayage, alisado, y los cortes van entre medias. Hasta el año pasado la agenda era una libreta y el teléfono, y contestaba mensajes a las once de la noche. Así es un martes normal con trimly, hora a hora. Las pantallas son de un salón de ejemplo con la misma carta; la gente y las horas son inventadas.
«Hoy», desde la cocina
Antes de salir de casa abre «Hoy» en el móvil. Dos colores y un corte reservados: un balayage a las 9:30, una raíz a las 13:30, un corte de mujer a las 16:00. A las 17:30 hay un bloque gris: el dentista de su hija, que apuntó en su Google Calendar el mes pasado. Como lo tiene conectado desde «Horarios», la web no ofreció esa hora a nadie.

Un balayage que entró el domingo por la noche
Carmen reservó el domingo a las 23:10 desde el enlace de la bio. Eligió «Mechas balayage · media melena», vio los huecos de tres horas que quedaban esta semana y se quedó con el martes. Pagó la señal con tarjeta al confirmar, porque Laura la pide solo en el balayage y el alisado. En la ficha de la cita pone «Señal pagada» y lo que queda por cobrar. Laura no ha contestado ningún mensaje para que esto pase.

Vibra el móvil en la bata
Con la mitad del pelo en papel de aluminio, una notificación: cita nueva. Marina ha reservado «Corte de mujer · largo» para el sábado a las 11:00. A Marina le ha llegado el WhatsApp con la hora y los botones de cambiar o cancelar. Laura mira la pantalla medio segundo y sigue.

«Por cerrar» → «Cobrar»
Carmen se mira en el espejo y Laura le hace una foto del resultado desde la propia cita. La foto se guarda en la ficha de Carmen, privada; solo saldrá en la galería de la web si Carmen lo autoriza. Luego, «Por cerrar», tocar la cita y «Cobrar»: el total ya descuenta la señal, Carmen paga el resto por Bizum, y Laura le añade un champú de los que tiene en la estantería. Todo en el mismo ticket, y el champú baja una unidad en «Productos».

Quince minutos que nadie puede reservar
El balayage tiene en «Servicios» quince minutos de tiempo entre citas, y el resto de la carta usa los cinco del salón. Son para vaciar el lavacabezas, barrer y comer algo de pie. En la web, las 12:30 nunca se ofrecieron; la siguiente hora libre era las 13:00. Antes, ese cuarto de hora lo perdía la clienta siguiente, que esperaba de pie mientras Laura recogía.
«¿Tienes hueco para un corte?»
Entra un hombre del barrio. Laura mira «Hoy»: entre el cierre del balayage y la raíz de las 13:30 hay media hora, justo un corte de caballero. Lo apunta con «Nueva entrada»: corte de caballero, 13:00, su nombre y su móvil, Confirmar. Con eso le nace la ficha de cliente, y la próxima vez Laura lo encontrará escribiendo tres letras. El corte ocupa su hueco en la agenda, la web deja de ofrecer esa media hora al momento, y se cobrará como cualquier otro.

«¿Y a mí cuánto me costaría un balayage?»
La de la raíz lleva meses dándole vueltas. Laura abre su propia web en el móvil y le enseña la carta: el grupo Color, con «Mechas balayage» en tres líneas, corto, media melena y largo, cada una con su precio. No hay «depende»: hay una tabla. La clienta reserva desde el sillón para dentro de tres semanas, el último sábado que la web ofrece, porque Laura tiene la ventana de reserva en «Reglas de reserva» a cuatro semanas. Paga la señal ahí mismo, con la tarjeta.

El recordatorio de mañana ya ha salido
Mientras Laura corta, el programa ha mandado el recordatorio a las dos clientas de mañana por la mañana: un día antes, a la misma hora de su cita, con los botones de cambiar o cancelar. Mañana, dos horas antes de cada cita, saldrá otro. Cada mensaje es un crédito de los 50 con los que empezó; cuando el saldo baje, el programa avisa y Laura compra un paquete. Hoy no ha hecho nada.

Una cancelación que no cuesta una llamada
A la clienta del jueves a las 10:00 le ha surgido algo y toca «Cancelar» en su WhatsApp. Faltan más de 24 horas, el plazo que Laura puso en «Reglas de reserva», así que no hay nada que devolver ni que discutir. El hueco de dos horas vuelve a la web al momento, y a Laura le llega una notificación. A las 17:30 sale al dentista.
«Caja de hoy» y un precio que cambia
Al cerrar, «Caja de hoy»: lo reservado y lo cobrado, por efectivo, tarjeta y Bizum, con la señal de Carmen ya contada. Antes de apagar, entra en «Servicios» y sube cinco euros el alisado de keratina, que el producto ha subido. Mañana la web ya lo enseña así.

Y el resto de la semana
El sábado es de colores largos y Laura pide señal en los dos; las dos clientas saben que, si no vienen, la señal se queda. El domingo por la noche mira la semana que viene en «Hoy» y bloquea el jueves por la tarde para un curso: la web deja de ofrecer esas horas en el momento. El viernes abre «Rendimiento»: lo reservado contra lo cobrado, cuántas citas entraron desde la web, desde Instagram o desde la puerta, y la lista de clientas habituales que llevan más tiempo del normal sin venir, a las que escribe un WhatsApp con sus palabras, desde su propio teléfono. Una vez al mes, cuando el saldo de mensajes avisa, compra un paquete de 100 por 7,99 €. Cuando una clienta necesita una factura con todos sus datos, la saca desde la propia cita. Y cuando a una clienta nueva le cuesta el castellano, la web ya estaba en su idioma: la carta y los mensajes le salen en el que ella eligió.
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